Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.
| Vista desde el camino hacia Delgado. |
El sonido de la planta de silos que ahora ocupa aquel paraje olvidado se pierde a lo largo y ancho de los campos. El único movimiento que se observa son los camiones que entran a cargar cereal, para luego partir a diferentes destinos de nuestro país.
Quién iba a pensar que aquella estación que tanta gente vio llegar, estaría en total abandono. Los únicos que se conservan intactos, son los carteles que anuncian el nombre de la misma: “Delgado”.
Poco se mantuvo en el lugar, una casa en la que todavía habita gente, la antigua vivienda de Di Prinzio, el peluquero; y su escuela, a la que asisten tres alumnos provenientes de un campo cercano. En el establecimiento escolar todavía se alza, con gran altura y combatiendo los embates del tiempo, el árbol de magnolia que alguna vez protegió con su sombra a los alumnos.
A la Estación le falta su reloj y algunas de sus placas, sus paredes de ladrillo están descoloridas, sus techos de chapa oxidados, y sus aberturas amarillas ya no brillan; sin embargo su galería todavía refugia con su sombra a quienes la visitan.
La naturaleza se ocupó de cubrir los restos de destrucción y los costados de los caminos. Las calles todavía muestran humedad de la lluvia reciente y en ella se pueden observar las huellas de los vehículos que pasan hacia los campos cercanos.
Dos fueron los almacenes generales que proveían de mercadería a los chacareros de la zona, el de Suárez y Servio, del cuál quedan ruinas; y el de Contardi, del que no quedan rastros. Tampoco existe más la fonda de la familia Sergiani, la esquina donde se encontraba es ahora un terreno baldío. Los galpones del ferrocarril, en los que se organizaban los bailes, son ahora propiedad de la Cooperativa de Carabelas. El destacamento policial está abandonado, al igual que la casa del cambista y del capataz.
Tengo que taparme la boca y la nariz para llegar al tanque de agua, el polvillo del cereal me molesta y no me deja respirar bien. Un cilindro de siete metros de altura aproximadamente, se levanta imponente, como si el paso del tiempo nada pudiese hacer con él. Al costado del tanque, se encuentra una casilla que alberga el motor que ponía en marcha las bombas de agua. Su estado no es el mejor; las ventanas están rotas y los pájaros encontraron un buen lugar para pasar el invierno.
Cada tanto sale una bandada de palomas volando, asustadas por el movimiento de camiones. La vida en Delgado ya no es la misma, sus habitantes se retiraron a pueblos cercanos. A mi alrededor, sólo hay desolación…
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