Texto por Rocío Cappelletti.
El Chevrolet modelo 29 estaba impecable, a pesar de las calles de tierra relucía de brillo…
Emilio Di Prinzio, era peluquero de oficio, su casa estaba al lado del almacén de ramos generales de José Servio. Los fines de semana acudían a su salón los caballeros de los campos cercanos a Delgado para recibir servicio de peluquería.
Era inmigrante italiano, de baja estatura y usaba anteojos gruesos. Tenía un carácter amable, y era sobre todo muy bromista. Siempre decía:
-La cabeza más difícil de peinar es la de un pelado, porque nunca sé donde hacerle la raya.
Pero Di Prinzio no sólo se ocupaba de peinar, era el cochero de Delgado. Cuando había que viajar a General Arenales, a Junín o Arribeños, allí estaba Don Emilio con su Chevrolet relumbrante. Como no había doctores, se ocupaba de llevar a la gente a los hospitales más cercanos. También recurrían a él cuando se necesitaba llegar a otro ramal del tren para realizar viajes más largos.
Di Prinzio tenía un Chevrolet 29 capota de lona. Lo compró en 1944, sin cubiertas y usado. El negocio lo realizó con Dominiciano Franco que tenía un campo cerca de Delgado. Como Franco no conseguía cubiertas para arreglarlo se lo vendió a Di Prinzio por 400 pesos. Con una chata y caballos Emilio lo llevó hasta su casa.
Poco a poco fue arreglándolo. Primero lo pintó, y luego fue consiguiendo las cubiertas una a una, hasta que por fin pudo acomodarlo.
Con su auto, pasaba a buscar a la gente por sus casas de campo y las llevaba a destino. Los días de mucho calor las ventanillas de lona se retiraban. Muchas veces los caminos juntaban un colchón de tierra que volaba y penetraba en el interior del vehículo, y otra vez a limpiarlo. Por eso era preferible aguantar el calor que llenarse de polvo.
Hoy, su casa de familia pertenece a la única habitante de Delgado. Pero el buen humor y la voluntad de servicio de Di Prinzio vivirá siempre en la memoria de los que alguna vez vivieron en aquel paraje.
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