| Galpón del ferrocarril donde antiguamente se realizan los tradicionales bailes de Delgado. |
Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.
Durante la mayor parte del siglo pasado, Delgado tenía las mejores fiestas de la zona. Antiguamente los bailes eran organizados por la escuela. En los galpones de la estación, que eran propiedad de cerealistas, se escuchaba las orquestas típicas de la época. La preparación para la gran velada comenzaba una semana antes. Los organizadores fueron, en principio, los miembros de la cooperadora de la escuela, se encargaban de limpiar el lugar con bombas de agua y mucho detergente para desinfectarlo de los productos que usaban para el cereal. Adornaban y colocaban bancos y sillas para que todos estuvieran cómodos. A las orquestas había que contratarlas con anticipación, ya que como eran zonales tenían mucho trabajo.
Durante la mayor parte del siglo pasado, Delgado tenía las mejores fiestas de la zona. Antiguamente los bailes eran organizados por la escuela. En los galpones de la estación, que eran propiedad de cerealistas, se escuchaba las orquestas típicas de la época. La preparación para la gran velada comenzaba una semana antes. Los organizadores fueron, en principio, los miembros de la cooperadora de la escuela, se encargaban de limpiar el lugar con bombas de agua y mucho detergente para desinfectarlo de los productos que usaban para el cereal. Adornaban y colocaban bancos y sillas para que todos estuvieran cómodos. A las orquestas había que contratarlas con anticipación, ya que como eran zonales tenían mucho trabajo.
Desde las chacras cercanas al camino de entrada de Delgado se podía ver la llegada de las orquestas. En sus autos cargados de instrumentos, se distinguía el contrabajo con su gran silueta asomando por el costado del auto. Provenían de pueblos cercanos, de Colón, Villa Cañas, Junín, Vedia. Algunas estaban conformadas por miembros de una familia como la orquesta Lucesore de Mendoza y los hermanos Salomone de Vedia. Llenos de tierra llegaban a Delgado y preparaban el sonido. El piano generalmente era alquilado, porque era imposible transportarlo. Algunas orquestas se armaban para la ocasión. Pigliapoco era una de la que más gustaba y por lo general la más solicitada.
El día del baile, las mujeres estrenaban vestidos hechos para la ocasión, iban a la peluquería a arreglarse el cabello y a maquillarse. Los varones, debían lucir siempre traje y corbata, sino no se podía entrar.
Al baile iba toda la familia, papá, mamá, la abuela, las tías, los hijos, toda una comitiva. Llegaban en sulky, o caminando los que se encontraban más cerca, no había nada que los detuviera, ni el frío ni el calor. A las diez de la noche partían hacia los galpones, las mujeres enterrándose los tacos en la tierra y los hombres con sus zapatos lustrosos.
Las sillas, dentro del salón, estaban ubicadas en hilera donde se sentaban las madres o abuelas, las jóvenes, que se paraban al lado y al frente los muchachos. Cuando comenzaba el baile se observaba los cabezazos de los caballeros para invitar a las damas. Bailaban tangos, paso doble y fox trox hasta las tres de la mañana. Cuando llegaron los ritmos extranjeros como el twist y la cumbia también se implementaron al repertorio. También había servicio de bebidas, pasar toda la noche bailando sin beber nada era imposible.
A mediados de los setenta, quién se volvió organizador de los bailes fue un hombre de apellido Recagno. Refaccionó el antiguo almacén de Servio e implementó el servicio de buffet. Tenía una muy buena organización. Los habitantes de Ferré iban todos para Delgado, y tenían tanto éxito que se llenaba con gente de los pueblos vecinos.
Cuando Recagno se fue a Ferré, el lugar quedó abandonado. Ahora sus pisos están hundidos y ya no sienten los pasos de quienes alguna vez bailaron en el lugar.
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