lunes, 2 de agosto de 2010

Estación Delgado, un paraje olvidado.


Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.

Vista desde el camino hacia Delgado.
El tren ya no pasa más. Las vías que alguna vez sintieron el hierro de las locomotoras, están abandonadas. A través de la tierra se distinguen rieles, algunos más descubiertos que otros. La palanca de cambio de cruce de vías no se mueve más. Hasta no hace mucho tiempo atrás, alrededor de diez años, todavía se podía ver por la trocha angosta algunos vagones de carga, pero debido a que se descarrilaban por el mal estado de las vías dejaron de pasar.


El sonido de la planta de silos que ahora ocupa aquel paraje olvidado se pierde a lo largo y ancho de los campos. El único movimiento que se observa son los camiones que entran a cargar cereal, para luego partir a diferentes destinos de nuestro país.

Quién iba a pensar que aquella estación que tanta gente vio llegar, estaría en total abandono. Los únicos que se conservan intactos, son los carteles que anuncian el nombre de la misma: “Delgado”.

Poco se mantuvo en el lugar, una casa en la que todavía habita gente, la antigua vivienda de Di Prinzio, el peluquero; y su escuela, a la que asisten tres alumnos provenientes de un campo cercano. En el establecimiento escolar todavía se alza, con gran altura y combatiendo los embates del tiempo, el árbol de magnolia que alguna vez protegió con su sombra a los alumnos.

A la Estación le falta su reloj y algunas de sus placas, sus paredes de ladrillo están descoloridas, sus techos de chapa oxidados, y sus aberturas amarillas ya no brillan; sin embargo su galería todavía refugia con su sombra a quienes la visitan.

La naturaleza se ocupó de cubrir los restos de destrucción y los costados de los caminos. Las calles todavía muestran humedad de la lluvia reciente y en ella se pueden observar las huellas de los vehículos que pasan hacia los campos cercanos.

Dos fueron los almacenes generales que proveían de mercadería a los chacareros de la zona, el de Suárez y Servio, del cuál quedan ruinas; y el de Contardi, del que no quedan rastros. Tampoco existe más la fonda de la familia Sergiani, la esquina donde se encontraba es ahora un terreno baldío. Los galpones del ferrocarril, en los que se organizaban los bailes, son ahora propiedad de la Cooperativa de Carabelas. El destacamento policial está abandonado, al igual que la casa del cambista y del capataz.

Tengo que taparme la boca y la nariz para llegar al tanque de agua, el polvillo del cereal me molesta y no me deja respirar bien. Un cilindro de siete metros de altura aproximadamente, se levanta imponente, como si el paso del tiempo nada pudiese hacer con él. Al costado del tanque, se encuentra una casilla que alberga el motor que ponía en marcha las bombas de agua. Su estado no es el mejor; las ventanas están rotas y los pájaros encontraron un buen lugar para pasar el invierno.

Cada tanto sale una bandada de palomas volando, asustadas por el movimiento de camiones. La vida en Delgado ya no es la misma, sus habitantes se retiraron a pueblos cercanos. A mi alrededor, sólo hay desolación…

Informe redacción II. Trabajo Final.

Texto y fotografías por Rocío Cappelletti.

Cuando decidí investigar el tema, busqué información en la red. Lo poco que encontré en cuanto a Delgado fue en una página sobre el partido de General Arenales.


http://www.noroestebonaerense.com.ar/PARTIDOARENALES


También busqué información sobre la trocha angosta en el norte de Buenos Aires, ya que quería ubicarme bien, en cuanto al recorrido del tren. Encontré dos páginas interesantes.

http://www.porlosrielesdelsud.com.ar/trochang.html

http://www.ferroexploradores.com.ar/

Como lo que quería hacer era un relato de costumbres, lo que encontré en Internet sólo sirvió para darme un panorama del lugar, y contextualizar.

Decidí que lo primero que debía hacer era ir hasta el paraje para poder describirlo en profundidad. Conté con la ayuda de Carmela Ferrara y Livio Scovenna, de la localidad de Ferré, que vivieron Delgado durante parte de su vida. Carmela llegó de Italia a los 5 años y sus padres se radicaron en un campo cercano, Livio creció también en una chacra a 5 kilómetros de Delgado (que aún la conserva) y gran parte de su vida adulta, además fue presidente de la cooperadora de la escuela.

Partí de Colón (Bs. As.) hacia Ferré, me encontré con ambos y partimos rumbo a Delgado, por camino de tierra a 12 Km. del pueblo. Cuando llegué, comencé a tomar nota de todo lo que veía, tomé fotografías de lo que quedaba en pie, de la estación sólo pude tomar fotografías del frente. Caminé junto a Carmela, (que también quería tomar fotografías por nostalgia) y me iba explicando que era cada casa, como estaban ubicadas, quienes vivían, algunas historias que recordaba, sobre Rolandi el hombre que vivió en el tanque de agua, sobre Servio el del almacén de ramos generales, la escuela, la vida en el lugar, los bailes. Tomé nota de todo. Luego de estar alrededor de dos horas en el lugar. Nos fuimos hacia el campo de Scovenna en donde le hice una entrevista a ambos, las preguntas las hice en base a lo que me habían contado mientras recorríamos el lugar.

Cuando regresé a Colón, comencé a armar los textos. Me di cuenta que debía chequear algunos datos, por eso recurrí al hermano mayor de Livio, Renzo (88 años) que también vivió en Delgado, pero años antes. Fue a la escuela en 1930 y como Livio, también pasó su infancia y parte de su vida adulta en Delgado. El me contó más sobre la vida en la década del 30 y 40, me contó sobre el almacén de Contardi, sobre la vida en el lugar y me dibujó un mapa de Delgado con la ubicación de cada casa y negocio. También hablé con Camila Pagella (84), que también vivió en un campo cercano. Renzo tiene una memoria increíble y me pudo ayudar mucho en recabar datos, fechas y apellidos.

A la hora de armar el texto me pareció mejor armarlo con relatos no muy largos y separados por tema, para poder mostrar mejor las costumbres que se tenían durante la primera mitad del siglo XX (y un par de décadas más) en el lugar.



Armé con las fotos un video para mejor visualización.

Audio de la entrevista a Livio Scovenna y Carmela Ferrara.




Foto del mapa de Delgado que dibujó Renzo Scovenna.

El progreso se olvidó de Delgado...

Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.

Delgado, está ubicado al norte de la provincia de Buenos Aires, en el partido de General Arenales. Desde la inauguración de la estación de tren, en el año 1912, se mantuvo como un paraje rural, pero esto no quita que haya tenido gran circulación, incluso más que pueblos vecinos como La Trinidad y Ferré.


Estación Delgado.
Entre las décadas de 1930 y 1940 frente a Delgado, en 400 hectáreas de campo, vivían alrededor de catorce familias, cuyos hijos iban a la escuela en el lugar, compraban víveres y maquinarias en los almacenes de ramos generales.

Fueron muchos los apellidos conocidos del lugar, la familia Boveri, Armándola,
Scovenna, Cerutti, Pagella, Cabrera, Caimari, Recagno, Ferrara, Ficorilli; en su mayoría provenientes de Italia o bien hijos de inmigrantes italianos. En ese entonces se conocían todos como en cualquier pueblo chico debido a la cercanía de las chacras, la mayoría eran pequeñas, de veinticinco o treinta hectáreas.

A medida que las familias se iban multiplicando, también lo hacían los negocios. Se estableció el almacén de Contardi, hasta principios de 1940, luego el almacén de Suárez y Servio, el matadero municipal, una herrería perteneciente a un hombre de apellido Alcántara y una pensión cuyo dueño era Francisco Sergiani.
Además, contaba con un destacamento policial, por si alguna vez pasaba algo, pero afortunadamente nunca sucedió nada grave. Si el chacarero quería vender un animal debía dirigirse al destacamento, para registrar la venta. Los oficiales, además, recorrían los campos para controlar que todo estuviera tranquilo.

Los caminos estaban impecables, todos los días un caminero pasaba la máquina niveladora Champion, tirada por caballos, para emparejarlos y como no pasaban autos, se mantenían. Si llegaba a llover, los sulky y la hacienda dejaban unas huellas profundas, entonces pasaban una máquina rectangular de hierro con unas grandes púas llamada rastrón. Cada tanto, se observaba algún palenque donde apostar el caballo. Si se salía de noche no había que olvidar la linterna o el farol, porque las calles eran una boca de lobo.

Parecía que Delgado tenía aires de progreso, la ruta nacional 50 pasaba por el camino de entrada, pero un cambio a cinco kilómetros, lo dejó aislado.

Así transcurrió la vida a Delgado hasta principios de los setenta. Cuando la modernidad llegó y Ferré comenzó a agrandarse, la gente se retiró de sus campos y se fue a vivir a este pueblo.

El tren que poblaba...

Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.

A principios del siglo pasado, Argentina era el granero del mundo. Los trenes estaban en su apogeo, era el medio de transporte más importante del país. Las vías poco a poco se fueron extendiendo a lo largo y ancho del territorio, sobre todo por la inversión de capitales extranjeros.


Estación de Ferrocarril, Delgado.
La trocha angosta que provenía de Capital Federal se extendió desde Pergamino hasta Vedia, en el norte de la provincia de Buenos Aires. Fueron varias las estaciones intermedias: el kilómetro 95 o Estancia "El chingolo", el Fortín Hacha, La Pinta, Delgado, Ferré, Carabelas y Pinzón. Este ramal se comunicaba luego con los puertos de Buenos Aires y Rosario.

En un primer momento el ferrocarril, cuya inversión fue francesa, se llamó Compañía General Buenos Aires. Luego, cuando el Estado lo nacionaliza en 1946, pasó a llamarse Ferrocarril General Belgrano.

La construcción en la estación de Delgado, era la misma que la del resto de las estaciones intermedias. Ladrillos a la vista, chapas rojas, puertas y ventanas amarillas,  dos carteles de madera con el nombre de la estación a los costados. Debajo de sus galerías, se encontraban los bancos de espera. En una chapa azul pegada a la pared todavía se lee la inscripción de la Compañía General Buenos Aires: “En bien de la salubridad pública se ruega no escupir fuera de la salivadera”. Antiguamente, debajo de la placa se encontraba un cuadrado de cemento con arena en donde los hombres escupían el tabaco masticado y la saliva.

El tren llegaba a la estación los martes y viernes con pasajeros. Salía a las 8 de la mañana hacia Pergamino y volvía a las 17.30. El resto de los días pasaba el tren de carga con cereal y animales.En las estaciones recibía un reacondicionamiento si así lo necesitaba. Mientras cargaba agua para continuar el viaje, los mecánicos lo aceitaban en la fosa que se encontraba al lado.

El jefe de estación era el encargado de vender los boletos y controlar, el capataz era quien cuidaba todo el cuadro de la estación, lo mantenía limpio y ordenado. También vivía frente al edificio el guarda hilos, quién llevaba a cabo las tareas para mantener en condiciones el cableado del telégrafo.

En épocas donde la ola inmigratoria se hizo más fuerte, el trabajo en las vías era una buena salida laboral. Inmigrantes europeos, en su mayoría italianos, compartieron horas bajo el sol, para terminar los ramales, de esta manera quienes aún no lo habían podido hacer, conseguían un buen dinero para traer a sus familias de sus países de origen.

A lo lejos, desde la chacra podía observarse el humo que despedía la locomotora, el ruido a metal y la bocina. Así fueron poblándose los campos, los parajes, los pueblos y el tren dio vida y movilidad a tierras aisladas.

El tanque de agua...

El tanque de agua donde
vivió Rolandi.



Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.

La placa del tanque de agua indica que fue construido en 1910, sin embargo permanece inmutable. No tiene ninguna rajadura gracias a su pared de cemento armado. Alguna vez abasteció a los trenes que pasaban todas las semanas por la estación. El vapor de agua junto con el carbón en su gran caldera, impulsaban el motor de la máquina.
Los vecinos de Delgado no recibieron sus beneficios, sólo lo utilizaba la locomotora; para obtener agua tenían que utilizar las bombas de sus propiedades.

Hasta aquí el tanque es como cualquier otro sin embargo, lo distingue una curiosa historia…

Don Adolfo Rolandi, soñó siempre con volar. Cuentan que se subía a los molinos de viento para ver de cerca a los aviones. Su fascinación venía de familia, su hermano Atilio una vez se subió al techo de una casa de campo con unas alas construidas por él y se lanzó hacia el piso. Afortunadamente, las casas en esa época eran bajas, por lo que resultó sin lesiones.

Adolfo tuvo que resignar sus sueños de volar y conformarse con vivir de su camión Ford modelo 28. Se ocupaba de transportar las bolsas de cereal que sobraban en las chacras a los galpones de la Estación y de hacer alguna que otra changa. En sus ratos libres le gustaba charlar con José Servio, dueño del almacén de ramos generales o con el jefe de estación de turno.

Por su gran bondad, le permitieron vivir en la base del tanque de agua. Allí no sufría ni frío ni calor, debido a la construcción hermética. El agua del techo lo refrescaba de los ardientes soles de verano y el cemento sin ninguna ventana lo refugiaba de las crudas heladas del invierno.

Su alimento de todos los días era mate cocido y dos litros de leche, no se cansaba de tomarlo, por el contario, le encantaba. Cuando tenía la suerte de que lo invitaran a comer, pedía que le prepararan una polenta bien italiana, cargada de tuco.

Así transcurrió su vida, con grandes aspiraciones que jamás fueron cumplidas. Fue un personaje querido por los lugareños, que siempre será recordado como el hombre que vivió en el tanque de agua.

El coche de alquiler...

Texto por Rocío Cappelletti.



El Chevrolet modelo 29 estaba impecable, a pesar de las calles de tierra relucía de brillo…


Emilio Di Prinzio, era peluquero de oficio, su casa estaba al lado del almacén de ramos generales de José Servio. Los fines de semana acudían a su salón los caballeros de los campos cercanos a Delgado para recibir servicio de peluquería.

Era inmigrante italiano, de baja estatura y usaba anteojos gruesos. Tenía un carácter amable, y era sobre todo muy bromista. Siempre decía:

-La cabeza más difícil de peinar es la de un pelado, porque nunca sé donde hacerle la raya.

Pero Di Prinzio no sólo se ocupaba de peinar, era el cochero de Delgado. Cuando había que viajar a General Arenales, a Junín o Arribeños, allí estaba Don Emilio con su Chevrolet relumbrante. Como no había doctores, se ocupaba de llevar a la gente a los hospitales más cercanos. También recurrían a él cuando se necesitaba llegar a otro ramal del tren para realizar viajes más largos.

Di Prinzio tenía un Chevrolet 29 capota de lona. Lo compró en 1944, sin cubiertas y usado. El negocio lo realizó con Dominiciano Franco que tenía un campo cerca de Delgado. Como Franco no conseguía cubiertas para arreglarlo se lo vendió a Di Prinzio por 400 pesos. Con una chata y caballos Emilio lo llevó hasta su casa.

Poco a poco fue arreglándolo. Primero lo pintó, y luego fue consiguiendo las cubiertas una a una, hasta que por fin pudo acomodarlo.

Con su auto, pasaba a buscar a la gente por sus casas de campo y las llevaba a destino. Los días de mucho calor las ventanillas de lona se retiraban. Muchas veces los caminos juntaban un colchón de tierra que volaba y penetraba en el interior del vehículo, y otra vez a limpiarlo. Por eso era preferible aguantar el calor que llenarse de polvo.

Hoy, su casa de familia pertenece a la única habitante de Delgado. Pero el buen humor y la voluntad de servicio de Di Prinzio vivirá siempre en la memoria de los que alguna vez vivieron en aquel paraje.

La escuelita de campo...

Escuela Nº 5 José de San Martín,
 Delgado.
Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.

La escuela de Delgado es la Nº 5 José de San Martín y fue inaugurada en 1925. Cuando se autorizó su creación, fueron los mismos vecinos quienes la construyeron. Con barro y paja de lino la fueron levantando. Tenía dos salones, que eran piezas de gran tamaño, y la dirección. Sus pisos eran de cemento alisado color rojo, tenía una galería con pisos de ladrillo y dos patios con muchos árboles de eucalipto que los dividían, una magnolia, una palmera y dos plantas de mora. En su pared tenía una placa en forma de escudo que indicaba su nombre. Los grados se dividían en primero inferior, primero superior y segundo en un aula y tercero y cuarto en otra. Luego se cambió el primero inferior por el quinto y sexto grado. En 1955 se demolió el antiguo edificio y se construyó uno más moderno.


Además de la escuela, se construyó una casa para los cuidadores. Los maestros ocupaban también esa vivienda. Los encargados de la casa sabían prepararles la comida y le dejaban a su disposición una habitación. La mayoría de las maestras provenían de Junín y Vedia por lo que les resultaba difícil volverse todos los días a sus hogares. Es por eso que pasaban la semana en Delgado y los fines de semana en sus pueblos.

Pasaron muchos maestros, entre ellos, Isabel Cordero, Nélida Ester Domínguez, Olga Vidaure, Edith Paulili, Alba Valle, Omar Raso. Todos comenzaron jóvenes porque al recibirse de bachiller obtenían el título de docente.

Las historias y travesuras que sucedieron en la escuela fueron muchas y a veces estaban promovidas por las propias maestras…

Foto escolar año 1933, Delgado.
Gentileza Renzo Scovenna.
El director tenía terminantemente prohibido comer moras a los alumnos y maestros debido a que estas podían manchar los guardapolvos y luego era muy difícil quitarlas. Pero a la señorita Nélida Dominguez, le gustaban con locura, por eso mandó a dos de sus alumnos a que le consiguieran.

-Ustedes dos- les dijo a Livio Scovenna y Nicanor Espinoza.- ¿Por qué no pasan agachaditos por la ventana y me traen algunas moras?

La ventana era la única salida segura para que el director no los viera desde la dirección.
Los niños salieron sigilosos. Al llegar a las plantas Nicanor se quiso subir a una rama para alcanzar mejor la codiciada fruta.

-Che, dejá que yo me subo a ese gajo- le dijo a Livio.

El problema fue que la rama era demasiado débil y no soportó el peso del muchacho. Un estallido la quebró y Nicanor calló sobre las chapas podridas del gallinero que se encontraba debajo de la planta.

Afortunadamente, el director no escucho nada y el niño resultó ileso. De esa manera la señorita Nélida pudo conseguir sus preciadas moras…
                                                              
Así, entre libros y campos verdes pasaron cientos de alumnos. En 1975, al cumplirse los 50 años del establecimiento, se realizó el baile del reencuentro al que asistieron mil cien personas, un orgullo para tan pequeña escuela.

El viejo almacén...

Almacén de ramos generales de José Servio.
Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.



El almacén de ramos generales proveía de todo lo que se necesitara a los vecinos de Delgado. Frente a la estación de trenes, se encontraba el almacén de José Servio. En un galpón de chapa con estantes y un mostrador largo atendía a sus clientes. Allí se podía encontrar desde un repuesto para maquinaria agrícola hasta hilo y aguja para bordar. Por el piso, había latas con diversidad de contenidos, desde grasa hasta cereal. En sus estantes se veían artículos de necesidad básica como harina, botellas de perfumes pequeñas y golosinas. También recibía la estafeta postal. El correo venía en el tren, Servio la retiraba y sus destinatarios lo pasaban a buscar por el boliche.

El precursor de los almacenes en Delgado fue Luis Contardi, su comercio estaba ubicado en la entrada a Delgado y funcionó hasta el año cuarenta. Era de chapa, pero estaba revestido por dentro de madera, tenía estantes con mercadería y era muy ordenado. Cuando Contardi se fue del paraje, Suárez junto con Servio inauguraron su negocio, que luego fue continuado por el segundo.

Lo que distinguía a los almacenes de ramos generales era su capacidad para albergar tantos rubros.

-¡Sírvame una copa, Don José! – le pedían desde su asiento los clientes.

Al final del mostrador había una batea con una canilla y un cañito donde limpiaban los vasos y despachaban las bebidas, el almacén era también el bar de la zona. En las frías mañanas de invierno, se podía ver a los hombres tomando una copa de grapa o de caña quemada.

En los meses de mayo y julio, durante la cosecha de maíz que se realizaba a mano, llegaban peones de todas partes del país en busca de trabajo. En los campos se juntaban entre diez y doce personas que utilizaban el almacén como lugar de esparcimiento los días domingos. Allí pasaban una jornada tranquila entre copa y copa.

El fin de semana era el momento indicado para jugar un partido de truco o algún que otro juego de naipes. No se jugaba por plata sino por “el honor de ganar”, algunas veces se pagaba una copa de vino. Los que perdían debían pagar para ellos y los ganadores.

Cuando se habilitaron las canchas de bochas, también se incorporaron al esparcimiento de fin de semana. Se organizaban torneos, en los que se cobraba entrada, el vencedor se llevaba lo recaudado.

Desde principios de 1940 hasta 1960 Servio se encargó de atender su boliche junto a su cuñado Silvio, a quién lo necesitara.

Pero todo tiene su final, y en la década del sesenta se formó una cooperativa a la que se agregó más mercadería, debido a la mayor demanda, y una carnicería. Así fue como desapareció para siempre el último almacén de ramos generales en Delgado.


A bailar se ha dicho...

Galpón del ferrocarril donde antiguamente
se realizan los tradicionales bailes de Delgado.
Texto y fotografía por Rocío Cappelletti.


Durante la mayor parte del siglo pasado, Delgado tenía las mejores fiestas de la zona. Antiguamente los bailes eran organizados por la escuela. En los galpones de la estación, que eran propiedad de cerealistas, se escuchaba las orquestas típicas de la época. La preparación para la gran velada comenzaba una semana antes. Los organizadores fueron, en principio, los miembros de la cooperadora de la escuela, se encargaban de limpiar el lugar con bombas de agua y mucho detergente para desinfectarlo de los productos que usaban para el cereal. Adornaban y colocaban bancos y sillas para que todos estuvieran cómodos. A las orquestas había que contratarlas con anticipación, ya que como eran zonales tenían mucho trabajo.

Desde las chacras cercanas al camino de entrada de Delgado se podía ver la llegada de las orquestas. En sus autos cargados de instrumentos, se distinguía el contrabajo con su gran silueta asomando por el costado del auto. Provenían de pueblos cercanos, de Colón, Villa Cañas, Junín, Vedia. Algunas estaban conformadas por miembros de una familia como la orquesta Lucesore de Mendoza y los hermanos Salomone de Vedia. Llenos de tierra llegaban a Delgado y preparaban el sonido. El piano generalmente era alquilado, porque era imposible transportarlo. Algunas orquestas se armaban para la ocasión. Pigliapoco era una de la que más gustaba y por lo general la más solicitada.

El día del baile, las mujeres estrenaban vestidos hechos para la ocasión, iban a la peluquería a arreglarse el cabello y a maquillarse. Los varones, debían lucir siempre traje y corbata, sino no se podía entrar.


Al baile iba toda la familia, papá, mamá, la abuela, las tías, los hijos, toda una comitiva. Llegaban en sulky, o caminando los que se encontraban más cerca, no había nada que los detuviera, ni el frío ni el calor. A las diez de la noche partían hacia los galpones, las mujeres enterrándose los tacos en la tierra y los hombres con sus zapatos lustrosos.

Las sillas, dentro del salón, estaban ubicadas en hilera donde se sentaban las madres o abuelas, las jóvenes, que se paraban al lado y al frente los muchachos. Cuando comenzaba el baile se observaba los cabezazos de los caballeros para invitar a las damas. Bailaban tangos, paso doble y fox trox hasta las tres de la mañana. Cuando llegaron los ritmos extranjeros como el twist y la cumbia también se implementaron al repertorio. También había servicio de bebidas, pasar toda la noche bailando sin beber nada era imposible.

A mediados de los setenta, quién se volvió organizador de los bailes fue un hombre de apellido Recagno. Refaccionó el antiguo almacén de Servio e implementó el servicio de buffet. Tenía una muy buena organización. Los habitantes de Ferré iban todos para Delgado, y tenían tanto éxito que se llenaba con gente de los pueblos vecinos.

Cuando Recagno se fue a Ferré, el lugar quedó abandonado. Ahora sus pisos están hundidos y ya no sienten los pasos de quienes alguna vez bailaron en el lugar.