A principios del siglo pasado, Argentina era el granero del mundo. Los trenes estaban en su apogeo, era el medio de transporte más importante del país. Las vías poco a poco se fueron extendiendo a lo largo y ancho del territorio, sobre todo por la inversión de capitales extranjeros.
| Estación de Ferrocarril, Delgado. |
La trocha angosta que provenía de Capital Federal se extendió desde Pergamino hasta Vedia, en el norte de la provincia de Buenos Aires. Fueron varias las estaciones intermedias: el kilómetro 95 o Estancia "El chingolo", el Fortín Hacha, La Pinta, Delgado, Ferré, Carabelas y Pinzón. Este ramal se comunicaba luego con los puertos de Buenos Aires y Rosario.
La construcción en la estación de Delgado, era la misma que la del resto de las estaciones intermedias. Ladrillos a la vista, chapas rojas, puertas y ventanas amarillas, dos carteles de madera con el nombre de la estación a los costados. Debajo de sus galerías, se encontraban los bancos de espera. En una chapa azul pegada a la pared todavía se lee la inscripción de la Compañía General Buenos Aires: “En bien de la salubridad pública se ruega no escupir fuera de la salivadera”. Antiguamente, debajo de la placa se encontraba un cuadrado de cemento con arena en donde los hombres escupían el tabaco masticado y la saliva.
El tren llegaba a la estación los martes y viernes con pasajeros. Salía a las 8 de la mañana hacia Pergamino y volvía a las 17.30. El resto de los días pasaba el tren de carga con cereal y animales.En las estaciones recibía un reacondicionamiento si así lo necesitaba. Mientras cargaba agua para continuar el viaje, los mecánicos lo aceitaban en la fosa que se encontraba al lado.
El jefe de estación era el encargado de vender los boletos y controlar, el capataz era quien cuidaba todo el cuadro de la estación, lo mantenía limpio y ordenado. También vivía frente al edificio el guarda hilos, quién llevaba a cabo las tareas para mantener en condiciones el cableado del telégrafo.
En épocas donde la ola inmigratoria se hizo más fuerte, el trabajo en las vías era una buena salida laboral. Inmigrantes europeos, en su mayoría italianos, compartieron horas bajo el sol, para terminar los ramales, de esta manera quienes aún no lo habían podido hacer, conseguían un buen dinero para traer a sus familias de sus países de origen.
A lo lejos, desde la chacra podía observarse el humo que despedía la locomotora, el ruido a metal y la bocina. Así fueron poblándose los campos, los parajes, los pueblos y el tren dio vida y movilidad a tierras aisladas.
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